Miércoles, 10 de diciembre de 2008

Decía el Papa esta mañana: " La fe no viene de la lectura sino de la escucha. No es solo interior, sino una relación". Dios ha querido revelarse a los hombres a través de un medio tan precario, si hubiese querido tener mayor "eficacia" hubiese escogido otros métodos menos frágiles. La palabra encierra ella misma el poder del que la pronuncia, escuchada y acogida tiene la capacidad de cambiar e ambiente vital del que la escucha. Una palabra bien dicha puede alegrarnos el corazón, a quien no le tranquiliza escuchar la voz de su madre que lo anima a salir adelante de los problemas, cómo también una palabra mal dicha puede entristecernos y hasta enfurecernos. La palabra cumple una función insustituible en la vida de cada hombre. Lo primero que identificamos en la tierna infancia es la voz materna que nos trasmite amor y seguridad, baste recordar aquel ensayo hecho por los nazis: alimentaron, cuidaron y vigilaron a un grupo de recién nacidos a los que brindaban lo necesario para el mantenimiento vital, pero no les dirigían ninguna palabra, en silencio cuidaban de ellos, el resultado fue sorprendente, todos los niños murieron, sanos médicamente. La palabra tiene relación con la vida, a través de la relación que se expresa en la palabra recibimos el amor que necesitamos para tener una vida digna.
La Palabra de Dios en el contexto de las celebraciones litúrgicas debe ser proclamada y escuchada, no leída. La fe nos viene, no de leer ni de analizar muy científicamente la palabra sino de escuchar. Se hace necesario que las lecturas de la misa sean debidamente proclamadas y escuchadas por los fieles en actitud, por decirlo de alguna manera, contemplativa. Cuando alguien nos habla, lo mínimo que nos pide es que le miremos a los ojos y le pongamos atención. Considero que tener en las manos esas "ayudas didácticas" distraen más que otra cosa. Deberíamos confiar más en el método que Dios nos propone en el libro del Deuteronomio "Escucha Israel..."
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